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Las ventajas de ser una asesina en la Era del Jazz (Parte 2)

Por Mónica Castro Lara

El caso de Beulah Annan es mucho más similar al de Roxie Hart: una bellísima joven de 25 años, casada con un aburrido e inocente mecánico, cuyo crimen fue disparar en la espalda a su amante, Harry Kalstedt, la noche del 3 de abril de 1924 (tan sólo 3 semanitas después de lo de Belva). La historia es media fantástica porque se supone que Harry también quería dejar a Beulah y ésta dijo “ni madres” y lo mató, pero en una escena medio  a la Tarantino, se puso a escuchar la canción de Foxstrot “Hula Lou” ¡3 horas seguidas! una y otra vez mientras bebía un par de tragos y miraba a su entonces ex amante morir lentamente. Holy shit! Ya cuando se le pasó el lapsus, se lavó las manos (literal y simbólicamente), llamó a su esposo para decirle que había matado a un hombre que intentó violarla y llamaron a la policía para contar lo sucedido. La cuestión con Beulah es que nunca contradijo su historia hasta que, por órdenes exclusivas de su abogado William Scott Stewart, se manejó la versión de que ambos habían intentado agarrar la pistola tras haber discutido y cuando supuestamente ella le dijo que estaba “embarazada” (cosa que inventó estando en prisión)… lo mejor de todo esto es que gracias a esta estupidez de teoría, existe la canción “We both reached for the gun” en Chicago, coreografiada de manera sublime. Perry, el escritor que les mencioné arriba, dice en su libro que una vez que su mirada de venadito tierno llegó a la cárcel y apareció en los periódicos, se le otorgó el perdón de manera casi automática e inevitable. Igual vestía con ropa fabulosa y cuando le convenía, hacía el papel de tonta con la carita tierna que supuestamente tenía: pómulos bien marcados, una naricita respingada, cabello rojizo y ondulado; recibía costales de cartas de fanáticos y uno que otro “steak” de los mejores restaurantes de Chicago. Su encarcelamiento, show mediático, juicio y liberación, duraron sólo 1 mes y ese mismo día, decide separarse de su esposo porque “es demasiado lento para mí”, a pesar de que el idiota estuvo a su lado durante tooooodo ese mes y hasta le pagó los abogados, un papel que interpreta a la perfección el actor John C. Reilly, alias “Mr. Cellophane” en Chicago. Beuhla gozaría pocos años su libertad, ya que a la edad de 29 años fallece de un desafortunado caso de tuberculosis.

Con todo esto que les platiqué, seguramente se están preguntando cuáles son entonces esas grandes ventajas de ser una asesina en plena Jazz Age para salirse con la suya, o como dirían los gringos, “get away with murder”. Pues bien, una vez expuestos los casos de Belva y Beuhla (y leyendo un poquito más de sus historias) puedo deducir o concluir fácilmente los siguientes 3 puntos para salir ilesa de un crimen:

  • Tenías que ser bonita o por lo menos, tener buen perfil. Sus fotografías, más que informativas/periodísticas parecían de sesión fotográfica profesional, por lo que forzosamente debían tener cierto talento para posar y que esos ojitos tristes y asustados, pudieran ser captados por cualquiera que agarrara un periódico. Además, era imprescindible un buen estilo flappero. Las mujeres querían ser como ellas y los hombres, estar con ellos. End of discussion.
  • Tenías que tener (¿está bien dicho?) O por lo menos dinero suficiente para pagarte un abogado como William Scott Stewart que resolvería todos y cada uno de tus problemas. Este hombre no sólo manejaba a la prensa a su antojo, sino también a todos los hombres que conformaban el jurado, porque obviamente el sistema estadounidense de aquella época, no permitía mujeres jurados ni juezas, por lo que el encanto flappero de este par de asesinas, cautivó a todos los hombres pertenecientes del juzgado.
  • Tenías que tener (insisto, ¿está bien dicho?) un amante y una sed de venganza. O a lo mejor no tanto sed de venganza, pero sí ser novias/amantes/esposas posesivas, celosas, ávidas de sexo, alcohol y mucho jazz. Ambas asesinas estaban casadas y en sus segundos matrimonios, con amantes, aburridas de sus vidas cotidianas y desempañando bien sus papeles de femme fatales.

Si bien estas historias que fascinan a las audiencias por su morbosidad y encanto particular, sirvieron para detectar y descifrar exactamente cómo funciona el periodismo amarillista, también sirvieron para cambiar un poco las leyes gringas, permitiendo el acceso y el trabajo de mujeres dentro de los sistemas penitenciarios estadounidenses. Mientras me quedo con esta reflexión, me pondré a bailar un par de pasitos de jazz.

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