Anaquel

Mi primera vez con Hemingway (Parte 2)

Por: Mónica Castro Lara

Aquellos que me conocen y que han leído el libro, podrán imaginarse que mis capítulos favoritos son en donde aparece Scott Fitzgerald. Sí, sí… ese Scott Fitzgerald que ya me traumó de por vida. Hem y Fitz (sí, también le digo Fitz), eran colegas contemporáneos que se amaban y odiaban a la vez; una amistad que tenía un poquito de todo, como muchas de nuestras amistades, hay que admitirlo. Había cariño, admiración, competencia, envidia, camaradería y otros sentimientos que sólo ellos dos sintieron en su momento. Para mí es desorbitante  imaginar a Fitz y a Hem estando en París, viajando juntos, discutiendo, platicando, bebiendo, caminando, mostrando y analizando el pene de Scott en el baño del restaurante Michaud… un sueño que sólo pudo plasmarlo a la perfección Woody Allen (no lo del pene, sino su relación en general). Hem nos habla de Fitz como un hombre perdida/obsesivamente enamorado de una mujer que claramente era su grillete. A mí me encantan Scott y Zelda como pareja y cómo es que su estilo de vida, personifica a la perfección lo que fue la Jazz Age, así que no fue una sorpresa el hecho de que me incomodara un poco la forma en que Hem se expresa de ellos. A Zelda la odiaba, punto final. Nos deja bien en claro que ella fue la responsable del deterioro personal y profesional de Fitz cuando era obvio que su talento daba para mucho más. Sus borracheras interminables fue un factor importantísimo para dicho deterioro, así como los supuestos celos que Zelda sentía por el trabajo de Scott. Y sí, su relación fue bastante pasional y extrema que terminó con Zelda a pasando sus últimos días en un manicomio y a Fitz hundido en el alcohol y la depresión. Haciendo de un lado esta historia matrimonial y los constantes prejuicios de Hem hacia la pareja, me parece maravilloso que haya convivido con ellos en un lugar y una época tan, tan especial.

A comparación de Fitzgerald, la disciplina que tenía Hemingway para trabajar, era bastante estricta: levantarse desde muy temprano a escribir, con ciertas pausas, sin una gota de alcohol durante el día, pero sí mucho café con leche, y una concentración tal, digna de cualquier erudito. A pesar de no poder colocar inmediatamente sus cuentos y ganar algo de dinero una vez que dejó el periodismo, él y Hadley –a veces acompañados por su hijo- podían de vez en cuando tomarse unas pequeñas vacaciones y recorrer España o pasar las navidades en Schruns, Austria. Digo, me es difícil imaginar que alguien que se considera pobre, pueda pagarse un viaje a Austria y esquiar todo el día, pero bueno… dejémoslo en que eran otros tiempos. La historia entre Hadley y Hem, es una de mis favoritas de “París era una fiesta”, hasta el punto de realmente sentirme triste por su divorcio. Me causa muchísima ternura cómo Hadley le decía “Tatie”, cómo ambos le apodaron “Mr. Bumby” a su hijo Jack, cómo fueron capaces de superar adversidades económicas y vivir felices en su apartamento de París, entre muchas otras anécdotas lindas (incluidas las de las carreras de caballos). Me imagino que Hadley era bastante condescendiente con Hem, hasta lo de Pauline Pfeiffer y ahí es cuando termina todo y empiezan los traumas amorosos del gran Ernest Hemingway. Quién podía imaginarse que alguien como Hem, abandonara y engañara a sus esposas por miedo a que ellas lo hicieran primero. Cada quién con sus demonios.

Luego de “Paris era una fiesta”, leí textos como “Las nieves del Kilimanjaro”, “Colinas como elefantes blancos”, “Los asesinos”, “Un lugar limpio y bien iluminado”, “El viejo en el puente”, “La capital del mundo”, “El viejo y la mar” y de repente todo, TODO tiene sentido; todo embona, todo se complementa, todo tiene una razón de ser, todo tiene un principio y final exquisitos y es justo ahí cuando sientes que te vuelan los sesos, se embarran en la pared y caes en la cuenta de lo enormemente biográficos que son sus escritos y que además, son in-cre-í-bles. En verdad trato de no adjetivar demasiado para no quedarle mal a Hem, pero no encuentro las palabras exactas para describir lo significativo que han sido sus lecturas para mí y esta enorme capacidad que tenía de convertirnos en lectores activos con el fin de ir formulando suposiciones conforme vamos leyendo. Para leer a Hemingway, hay que tener paciencia y conciencia; paciencia para no desesperarnos al no recibir toda la información necesaria para procesar una historia, y conciencia para leerlo más de 2 veces y no sentirnos mal al respecto.

El Café des Amateurs, el jardín de Luxemburgo, el apartamento de Stein en el 27 de la rue de Fleurus, el boulevard Saint-Germain, la rue Férou, la rue de l’Odéon, la rue Notre-Dame-des-Champs, el restaurante del Nègre de Toulouse, la avenue de l’Opéra, la terraza de la Closerie des Lilas, las Tullerías. Los Fitzgeralds, Ezra Pound, Gertrude Stein, Sylvia Beach, James Joyce, Ford Madox Ford y Dos Passos. Tan sólo algunos de los lugares y personajes que menciona Hemingway en estas memorias tan extraordinarias que dejan boquiabierto a más de uno. Sin duda, mi descubrimiento personal de Hem me marcó de manera tal, que no quiero ni estoy dispuesta a abandonarlo en mis días y años futuros. Mi primera vez con Hemingway me dejó noqueada, excitada y entusiasmada por indagar más acerca de mi añorada Jazz Age, pero ahora en las palabras y vivencias de otros autores, y quién mejor que Hemingway para seguir…

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