Anaquel

Mi primera vez con Hemingway (Parte 1)

Por: Mónica Castro Lara

Todos hemos experimentado esa inexplicable pero maravillosa sensación de la “primera vez”, esa que nos sacude y en ocasiones, hasta nos cambia la vida: la primera vez que viajamos, que besamos a alguien, que comemos en el que se convertirá en nuestro restaurante favorito, etc. Pues déjenme decirles que así de excitante y significativa fue mi primera vez leyendo a Hemingway. No me apena en lo absoluto admitir que fue apenas hace dos meses que leí un texto de Ernest; ello reafirma mi creencia de que “todo llega en el momento en que tiene que llegar”. A mí, Hemingway me llegó a los 27 años y no puedo estar más agradecida por ello; no me imagino leyéndolo a los 16 o a los 20 años, cuando mis preocupaciones y mi madurez mental y emocional eran completamente diferentes a las que tengo actualmente. Es raro recordarlo pero, siempre tuve la idea (errónea) de que sus textos eran bastante complicados, muy elevados, deprimentes y únicamente enfocados a temas bélicos. Puedo decirles con toda honestidad, que es de las pocas ocasiones en las que he disfrutado plenamente estar equivocada y que me corrijan, pues leer a Hemingway es una verdadera delicia. Tal vez tan sólo una o dos ideas preconcebidas que tenía sí sean medio ciertas, pero en todo lo demás, el enigmático autor se encargó de callarme la boca. Yo, Mónica Castro Lara, perdí mi virginidad literaria Hemingwayriana con “A moveable feast” o, como tradujeron al español, “París era una fiesta”.

Antes de contarles un poco sobre mi experiencia con el ganador del premio Nobel de literatura y unas cuantas cosas que me impactaron sobre el libro, todo este nuevo acercamiento a sus escritos y la pérdida de mi miedo a leerlo, es gracias a un reciente curso al que asistí sobre la “Lost Generation” impartido por Eduardo Sabugal en el Complejo Cultural Universitario. En dicho curso ahondamos un poco de Hemingway: su estilo, sus cuentos, su vida, sus temas recurrentes y su tan famosa teoría del Iceberg. Gracias a todo lo que aprendí y llegué a comprender y apreciar, llegué a la conclusión que Hemingway probablemente odiaría todo lo que escribo. Y obviamente no por competencia o algo por el estilo (porque es imposible que una simple mortal como yo, esté a su altura), sino porque escribo completamente opuesto a como él lo hacía, gracias a sus antecedentes periodísticos y a como Gertrude Stein (la madrina de la “Lost Generation” y mecenas de artistas importantísimos de los años veinte) le recomendó que hiciera: frases cortas, verídicas, sin adjetivos, sin palabras rimbombantes y directo al grano. No es por tratar de justificarme, pero creo que mi redacción va muy de la mano a cómo hablamos los seres humanos, que a veces solemos exagerar demasiado y adjetivar cosas y palabras nada más porque sí; por ello siento que somos opuestos totales. Mi problema actual será no dejarme atormentar por este estilo Ernestiano y darle un poco más de fe a mis escritos. Hice un poco de memoria y creo que solamente 1 cuento que escribí hace más de un año, podría medio ajustarse a las características de Hemingway y déjenme contarles que disfruté muchísimo escribirlo. Si hay alguien al que le interese, escríbame y con gusto se lo paso.

Llegué a preguntarme qué tan bien hice en empezar a leer a Hemingway con el que es su último libro, pero reflexionando un poco más, creo que estuve en lo correcto. Antes de leer a Hem (escribo Hem porque es mi manera personal de entablar un vínculo entre nosotros), leí el libro “The best times: an informal memoir” del también escritor estadounidense y miembro destacado de la hermosa “Lost Generation”, John Dos Passos, lo cual me ayudó bastante a familiarizarme con Hemingway y con la época de los roaring twenties en París y en toda Europa. John era muy buen amigo de Ernest, hasta que el destino, la edad y la testarudez, hizo que se separaran. No he llegado a comprender exactamente qué o cuál fue el detonante de su distanciamiento y de sus rencores (sobre todo de Hem hacia Dos Passos), pero supongo que así nos sucede a todos y pasa lo que tiene que pasar: la vida. En fin. En estas memorias, Dos Passos nos habla entre otras cosas de su estrecha amistad con Hem y de cómo era su personalidad: amaba apostar todo su dinero en carreras de caballos, le gustaba el box, tomar, amaba a Hadley (su primera esposa) y era un obsesionado de la caza, incluso cuenta John que prácticamente vivió al lado de Hem la misma experiencia de Santiago en “El viejo y la mar” y que aquella anécdota probablemente pudo inspirarlo a escribir tan significativa novela. Tras leer varias biografías, concluyo que la descripción de Dos Passos es muy, muy atinada y que Hem supo cómo manejar esa imagen de “macho alfa” en todas las etapas de su vida.

Después de leer a Dos Passos (que por cierto también les recomiendo bastante) y de tener una idea general sobre Hemingway, por fin comencé a leer “París era una fiesta”. Honestamente es de los pocos libros que me han atrapado de principio a fin y que poseen un no sé qué que incitan a acabarlo de un sólo sentón. El libro, que fue publicado de manera póstuma en 1964 gracias a los esfuerzos y recopilaciones de la cuarta y última esposa de Hem, Mary Welsh, está compuesto por 20 capítulos que no necesariamente tienen que leerse de manera consecutiva (o por lo menos esa fue mi experiencia personal y me funcionó bastante bien). En ellos, Hemingway nos platica sus vivencias en París como un escritor/periodista pobre, recién casado, recién convertido en padre y buscando desesperadamente seguir su pasión: escribir. Nunca, nunca, nunca, dejará de asombrarme el hecho de que era “fácil” llegar a París en los años 20 bajo dos premisas: 1) vivir probablemente en una pocilga, morirte de hambre, estar completamente satisfecho con tu arte y sentirte inspirado por cada rincón de esta maravillosa ciudad, o 2) ser rico, disfrutar de las fiestas y vida nocturna de la high society parisina, vivir en lujosos departamentos e igual, sentirte inspirado por cada rincón de la ciudad de las luces. Es obvio que ambas vertientes tienen un común denominador y es algo que notoriamente Hemingway disfrutó bastante y que lo marcó de por vida. Yo me pregunto si algún día podré hacer eso, “fugarme” a París a escribir e inspirarme; así de simple y satisfactorio. Les prometo no quitar el dedo del renglón y anotarlo en mi bucket list (que como se podrán imaginar, está llena de sandeces, pero bueno…).

3 Comentarios

3 Comments

  1. Leopoldo Castro

    3 Junio, 2016 at 12:26

    Un bonito artículo, donde se se muestra el entusiasmo y el interés de comunicar la esencia de este gran escritos.
    Saludos

    • Chucho Tony

      20 Junio, 2016 at 19:51

      Pasame tu libro… me interesa…
      Jesus.arg@hotmail.com

      • Mónica CL

        23 Junio, 2016 at 11:21

        ¡Hola Chucho!

        Gracias por el interés. Sólo una pregunta, ¿te interesa el libro de “París era una fiesta” o el cuento que escribí?
        ¡Saludos!

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