Anaquel

Valeria Luiselli

Por: Daniela Rivera Marín

Todos hemos estado enganchados por alguna lectura, un escritor en particular o un género literario, tanto que vamos a las librerías a buscar sus diferentes títulos, buscamos biografías en internet o tratamos de saber más al grado de obsesionarnos. Eso me pasó hace unos meses con Valeria Luiselli y de la que he querido escribir sin parar pero con el bloqueo de no saber cómo expresar mi acercamiento con sus letras.

Su nombre desde un principio se me hizo muy familiar, quizá por saber cuántos premios había estado ganando en el extranjero, asociarla con ser mexicana, identificarme con ella por ser mujer… No lo sé, pero fue un nombre que se me impregnó en la mente por meses; después una amiga muy cercana me propuso una serie de conversatorios, en los que habláramos sobre el papel de la mujer en la literatura pero dividiéndolo en diferentes épocas y corrientes. Volvió a salir su nombre en uno de los temas: De las Adelitas a Valeria Luiselli. ¿Qué quería Valeria Luiselli de mí? O, ¿qué buscaba yo en Valeria Luiselli?, ¿por qué todo a mi alrededor me estaba llevando hacia ella? Quizá sus recientes premios le valieron estar en las mesas de novedades, sí, tal vez todos los libreros la recomendaban por la pulcritud y simpatía que causaban sus letras, pero aun así yo me sentí en una persecución necesaria por correr a comprar sus libros.

Al fin lo hice, y no comencé con el premiado libro La historia de mis dientes (Sexto Piso, 2013) sino que me llevé Papeles Falsos (Sexto Piso, 2010) [su primera publicación], y, Los Ingrávidos (Sexto Piso, 2011) [“Lo leerás y disfrutarás mucho” – me dijo el librero] y bueno, así salí cargada con la colección Luiselli. Me costó mucho trabajo abrir Papeles Falsos y no pensar en mí. El libro es una serie de ensayos narrativos de diversos temas, conexiones, la mirada de la autora está puesta en sus vivencias, en el mundo que la rodea y en el que nos obliga a entrar. La cultura literaria que denota es impresionante, ya que introduce nombres y autores que si bien pudieron ser un ícono relevante en la historia, con situaciones cotidianas, cercanas, muy particulares y que van desde lo pertinente a lo desesperado como único lenguaje capaz de dar sentido a una vida que desborda a la voz que lo narra, a través de extrañas explicaciones de la Ciudad de México, una descripción sobre la paciencia o la definición de saudade. Las coincidencias, empatía y conclusiones que proyecta su escritura son pruebas de un personaje en común tiene como necesidad de contarle al otro sus vivencias.

“Es normal que algunos pasajeros lloren cuando los aviones despegan – la gente viene de separaciones y al abrocharse el cinturón siente una última sacudida del desprendimiento-, pero imagino que no es usual ver semejante espectáculo cuando por fin aterriza el vuelo. A mí me ha dado por llorar en algunas llegadas a la Ciudad de México. En cuanto veo el Nabor Carrillo –ese lago imposible, perfectamente cuadrado- me desmorono. Nada estruendoso, sólo un par de lágrimas sueltas. No dudo que más de una vez haya sido esa práctica patética escena motivo de la más sincera compasión de mis compañeros de fila (qué pena, pensarán, ha de ser muy infeliz aquí esta pobre)” Luiselli en el apartado Río Tacubaya del ensayo “Marca de Agua” en Papeles Falsos.

Y claro, como todos, tenemos predilección por algunos capítulos, personajes o letras en concreto, en mi caso fue en el ensayo Mudanzas: volver a los libros donde se relatan todas las experiencias que giran alrededor de aquellos sagrados objetos que guardan recuerdos, vivencias, historias y hasta tesoros y que van mudando a cada espacio con nosotros. Separadores, notas al margen, pie de páginas, papelitos de recibos, del autobús y hasta el papel de baño son ciertas marcas que dejamos en cada hoja de nuestras lecturas, collages desordenados que crean un catálogo de maravillas.

“Los libros en las estanterías se ven bonitos y sugieren preguntas, es cierto, pero aquellos que han salido de su sueño vertical tienen vida propia. Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje. […] Los pocos que sí leemoms, serán lugares a donde regresaremos siempre”.

En fin, Papeles Falsos es un espejo, en el que la metáfora de la literatura es un lugar habitable o una casa permanente, que en lo personal me conectó con la idea de saber que puedes conquistar territorios literarios, espacios imposibles y puntos de encuentro.

Y vienen las novelas, ese género familiar, apapachador y envolvente desde la primera página si conecta con su lector. En mi caso, Los Ingrávidos lo logró. La historia es narrada a dos voces, se interceptan, entrelazan y complementan durante toda la historia, logrando una trama ágil, persuasiva y rebosante de humor y terror. Otro encuentro más con Valeria Luiselli, ya que la primera persona es una mujer del México contemporáneo, una editora que relata sus años de juventud en Nueva York, que posee una curiosidad infinita de saber más, de conocer personas, de obsesionarse con ciertos personajes para esclarecer mapas de vida, los cuales marcan un destino un tanto incierto pero que busca una meta final, se casa, tiene hijos, un matrimonio obsesivo, algo confuso y desconfiado que te sumerge a un mar de contradicciones amorosas y a la vez la voz del fantasma del poeta Gilberto Owen quien la persigue y recuerda a la vez su juventud durante el Renacimiento.

“Volví varias veces a la biblioteca de la Universidad de Columbia, para buscar algún libro, periódico, archivo, lo que fuera que iluminara un poco el periodo que Owen pasó en Nueva York. Por recomendación de White, empecé a llevar un registro sobre todo lo que tuviera alguna relación con él. Tomaba notas en post–its amarillos y cuando llegaba a mi departamento los colocaba entre las ramas del árbol seco, para no olvidar, para poder regresar a ellas algún día y poner orden. La idea era que cuando el árbol estuviera atiborrado de notas, se empezarían a caer por su propio peso. Yo las recogería en el orden que se fueran cayendo y en ese mismo orden escribiría la vida de Owen. La primera fue:

Nota: El metro de NY se contruyó en 1904”

Al estar totalmente enganchada con las letras de Valeria, no me podría esperar menos de La historia de mis dientes, quizá una secuela de la vida un tanto reflejada de la escritora o de alguna mujer desconocida a punto de salir. Cuál fue mi sorpresa cuando empecé a leer la historia de un cantador de subastas, sí, un tal Carretera que sabía imitar a Janis Joplin, parar un huevo en una mesa y contar hasta ocho en japonés. Un peculiar revolucionario que saltó a la fama tras rescatar de un ataque de pánico a una de sus compañeras de trabajo en una fábrica de jugos, quien conoció mujeres, tuvo a la que quiso y fue suertudo hasta el día en que su hijo “lo compró”; todo esto en su camino por tener la dentadura perfecta: la de Marilyn Monroe.

No quisiera terminar abruptamente este pequeño artículo sin decir que La historia de mis dientes me parece un fascinante relato que se lee en una sentada, una maravillosa carografía que he releído tres veces y que me confirma la capacidad de Valeria para generar atmósferas cercanas, llenas de enigmas y sutiles gestos de empatía. La condición humana, la esperanza, el humor y la rabia se reflejan en cada situación escrita, por ello creo que mi acercamiento y posibilidad de recomendación es el poder de la literatura de Valeria para transportarnos en un mundo de cotidianeidades, de enseñanzas y acercamientos que valen para engancharte en sus paradigmas literarios.

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